Los maquillajes se conocen y usan desde la prehistoria. Podemos afirmarlo así contemplando como usaban los hombres los diversos pigmentos hace ya miles de años en sus pinturas rupestres, no es difícil imaginar como adornarían su piel y cabellos con los mismos. Egipto puso de moda el uso y consumo de productos de belleza, aunque no sabemos con seguridad hasta que punto este uso se extendió por el resto de las culturas. El empleo de maquillajes no ha hecho sino crecer desde la época moderna.
A principios del siglo pasado se empiezan a gestar los grandes imperios de la cosmética y desde entonces, ayudados por la publicidad, sus productos se han extendido de una manera impensable, alcanzando a todas las clases, condiciones, sexos y estilos de vida. Recientemente la cosmecéutica, industrias en estrecha relación con productos farmacéuticos, se ha incorporado a esta carrera con el objeto de crear productos que sean a la vez medicamentos y cosméticos.
Tu rostro está protegido por la ley
Los maquillajes se encuentran recogidos en la legislación tanto comunitaria como española bajo la denominación de cosméticos. Los cosméticos son sustancias destinadas a ponerse sobre el cuerpo con el fin de limpiarlo, perfumarlo, modificar su aspecto, corregir los olores, mantenerlo en buen estado. Cuando se añaden sustancias coloreadas para acentuar o disimular ciertos rasgos se llaman cosméticos decorativos.
Recientemente la Comunidad Europea ha dictado una directiva para recoger nuevas normas que deben seguir los fabricantes de estos productos. Hasta ahora las nuevas fórmulas y sustancias se probaban en animales, generalmente conejos y ratas, pero a partir de este año la experimentación en animales está prohibida por el daño que se les hace y porque los efectos que determinadas sustancias ejercen sobre los animales no son equiparables con los que se producen en las personas.
Desafortunadamente, esta directiva no va a acabar con la experimentación en animales; pero es posible que los laboratorios puedan probar sus productos en un número menor de animales o bajo ciertas condiciones. Para asegurar que las sustancias que aparecen en un maquillaje son compatibles con la piel (que es lo que ahora se exige en la Comunidad) será necesario conocer perfectamente los atributos que tienen en cuanto a su toxicología, potencial de irritación, capacidad para producir alergia o irritación cuando se expone al sol, posible malestar, picor o irritación al aplicar sobre la piel…
¿Fiabilidad?
Todos estos conocimientos son muy difíciles de adquirir y mucho más si se trata de sustancias muy nuevas que apenas están estudiadas. Además es imprevisible saber de antemano el comportamiento que van a tener cuando se mezclen con otras. A pesar de todos los inconvenientes, la directiva - y otras que sin duda surgirán- intenta ayudar a que la seguridad al aplicar un producto sobre la piel sea casi de total fiabilidad.
En la práctica, esta meta está casi perdida de antemano, teniendo en cuenta que los cosméticos se aplican durante un tiempo muy prolongado, bajo condiciones muy diferentes y sobre un órgano que va envejeciendo progresivamente, no es fácil predecir si los resultados serán siempre los adecuados.
Bajo estas normas se producen cosméticos cada vez más seguros y más completos, pensados para una persona que además de usar un producto de fiar, necesita una ayuda por un problema cutáneo.
Como ejemplo está el caso de los maquillajes para el acné. A una fórmula cuidadosamente elaborada para que no contenga grasas ni sustancias que tiendan a producir comedones (es decir, espinillas), se añade un color para disimular lesiones rojizas, pústulas, cicatrices y por último una sustancia que pueda tener efecto antibacteriano o anti-inflamatorio para tratar las lesiones de acné.
En el caso de pieles muy sensibles con tendencia a enrojecer y presentar pequeños vasos dilatados rojos (llamados arañas vasculares) como ocurre en la rosácea, se busca una fórmula libre de perfumes y otras sustancias que puedan actuar como irritantes y se añade una coloración verdosa para que neutralice el rojo, que suele ser el color predominante en la cara de estas personas.
Una solución para cada caso
Los laboratorios conocen las diferentes necesidades que tienen distintos tipos de piel: las acneicas no admiten productos con muchas grasas o que tapen los poros; las pieles de personas con más edad tienden a estar deshidratadas y por lo tanto son secas; determinadas pieles no toleran ninguna o casi ninguna crema y mucho menos si llevan sustancias ligeramente irritantes; es relativamente frecuente encontrar personas que son alérgicas a sustancias que están presentes en todas las cremas como son conservantes y perfumes. Los problemas son muchos y variados y la industria cosmética intenta buscar una solución adecuada a cada caso.


