Durante el día nuestra piel se expone a diversos agentes contaminantes, como el polvo y la suciedad, además del diario estrés de la rutina, el cual produce antiestéticas reacciones, como manchas y ojeras.
Al llegar a casa en la noche por fin de podemos liberarnos -al menos un poco- de la presión del exterior. Este es el mejor momento para botar las tensiones y cuidar de nuestra dermis, en especial la del rostro, pues entre las once y las tres de la madrugada se absorben mejor los componentes cosméticos.
Lo primero que tenemos que hacer al llegar a casa es sacarnos los restos de pintura con crema desmaquillante y un poco de algodón. Luego hay que tomar un relajante baño de agua tibia y lavar la cara con abundante agua fría.
En el rostro todavía húmedo podemos aplicar una segunda capa de desmaquillante para eliminar por completo los residuos más escondidos. Y cuando nuestro cutis esté completamente limpio podemos poner dos algodones mojados en agua con manzanilla sobre los ojos, cubriéndolos por espacio de tres a cinco minutos para que relajen la vista, borren los signos de cansancio y nos ayuden a dormir mejor.

Tu piel puede ser un reflejo de la salud que poseas tanto física como mentalmente, ya que si luces bien lo proyectarás.
Cuidar nuestra piel es una obligación que debemos cumplir desde la más temprana juventud para evitar futuros problemas en la madurez; sin embargo, cuando llegamos a ser ”cincuentañeras” (es el término con que se les denomina ahora, con justa razón, a las mujeres que han pasado la barrera de los 50), por efectos propios de los cambios hormonales necesitamos usar productos más específicos que nos ayuden a mantener una piel perfecta.
Hoy en día existen muchos tratamientos efectivos contra las odiosas arrugas. Claro está que todos esos tratamientos, saber: cirugías, cremas humectantes, ejercicios faciales, requieren de nuestro dinero y muchas veces son demasiado costosos para que podamos practicarlos.
Una de las principales características de la vitamina C es que estimula la síntesis de nuevo colágeno de tipo I y de tipo II, un requisito esencial para la formación de una piel sana.
