Tres son las palabras clave que definen el transcurso de la jornada: prisas, prisas y más prisas. Detente por un momento en el camino, cierra los ojos y siente como la cálida brisa del equilibrio y la armonía recorre tu figura.
Muchas son las técnicas de relajación que la sabia y universal cultura oriental ha trabajado a lo largo de los siglos. Del yoga al Tao Koo, todas ellas ejercen sobre el organismo una influencia realmente positiva. Pero no es necesario que viajemos hasta el lejano oriente acompañadas del mejor maestro para disfrutar de unos minutos de relax. Olvídate de todo, respira hondo, estira suavemente los músculos y… Relájate!!!!
Respiración
Además de proporcionarnos el aliento de la vida, como nos cuenta la sabiduría popular, la respiración, realizada de forma correcta, es uno de los principales puntos a tener en cuenta cuando nos disponemos a ejercitar y relajar nuestro cuerpo. En general, sea cual sea el ejercicio que lleves a cabo, deberás adoptar una posición que te permita expansionar tu pecho. De esta manera, los pulmones contarán con suficiente espacio para respirar de manera libre y con total facilidad.
Para saber si tu postura es la adecuada, has de notar la columna vertebral distendida y los músculos abdominales extendidos. Una vez colocada y preparada para realizar el ejercicio, deberás inspirar lenta pero intensamente, retener a continuación el aire en tus pulmones y abdomen durante unos segundos y, a continuación, espirar despacio, suavemente, expulsando el dióxido de carbono. Compaginar el ritmo de la respiración con el propio del ejercicio es sumamente importante si deseas realizarlo correctamente.
Estira tu cuerpo
Tu cuerpo ha de sentirse completamente libre. Devuélvele el espacio que le corresponde estirándote por completo, permitiendo así que cada órgano recupere su área vital. Pon una toalla en el suelo y túmbate boca arriba. Junta tus piernas, colócalas bien rectas y extiende los brazos hacia atrás. Inspira y espira profundamente mientras estiras tus miembros superiores e inferiores lo máximo que puedas.
Siente cómo la energía fluye y recorre cada zona de tu organismo hasta llegar a la yema de los dedos, tanto de tus manos como de tus pies. Mantén esa posición durante, al menos, treinta segundos. Después de esto, notarás que tu cuerpo se mueve con mucha más agilidad, dejando a un lado el nerviosismo, la rigidez y el estrés acumulado.
El templo de la calma…
Tu cuello es, sin lugar a dudas, el pilar que sustenta toda tu energía. Aunque, como bien sabes, ésta puede ser tanto negativa como positiva. Se trata, pues, de la zona de tu cuerpo que ha de soportar más presión cuando la tensión se adueña de ti. Aprende a relajarlo y conviértelo, a base de unos sencillos y básicos ejercicios, en el santuario del sosiego y la templanza.
Siéntate sobre tus talones, mantén la espalda bien erguida y apoya la punta de los dedos de tus manos sobre el suelo. Dirige tu cuello, poco a poco, hacia tu hombro derecho y apoya la cabeza en él. Gíralo despacio hacia el centro, hasta que consigas tocar tu pecho con la barbilla. Sin dejar de moverlo, continúa girando hasta que llegues al hombro izquierdo. Coloca de nuevo tu cabeza en la posición inicial y repite el ejercicio, comenzando ahora por el hombro contrario. No es recomendable que gires el cuello hacia atrás, ya que podrías tensar y dañar tus vértebras.


